La política rosa y su crisis existencial


Originalmente publicado en Publicoscopia.

Francisco Nicolás Gómez Iglesias, durante su participación en el programa de Telecinco 'Un tiempo nuevo' Twitter/@untiemponuevotv
Francisco Nicolás Gómez Iglesias, durante su participación en el programa de Telecinco ‘Un tiempo nuevo’ Twitter/@untiemponuevotv

El pequeño Nicolás y la política rosa

La sociedad española rechaza la política –esta política– pero, paradójicamente, está más politizada que nunca en los últimos años. Las tradicionales figuras del cotilleo siguen estando ahí (Belén Esteban y compañía –obviamente– no han desaparecido) pero, por un lado, esta misma prensa rosa habla de los políticos, de sus delitos, penas y hasta condiciones penitenciarias mientras que, al mismo tiempo, se ha ampliado el espacio reservado para otro tipo de tertulias –las de carácter político– hasta el punto de que hay políticos que se ‘cuelan’ en éstas. No significa esto que no existieran antes pero, sin duda alguna, se han incrementado y han evolucionado hacia formas más sofisticadas en un contexto de democracia de audiencias (tema aparte es la entrada de la política en la televisión de entretenimiento como El Hormiguero o Viajando con Chester).

El tradicional telediario sigue siendo, en lo esencial, eso mismo: un telediario. Sin embargo, alrededor de éste y en muchas ocasiones en conexión con el mismo, surgen nuevos programas de información política con un formato más de tertulia rosa que otra cosa. No son tertulias al uso como las de los medios radiofónicos, sino que buscan aprovechar la mayor espectacularidad de la caja tonta (en detrimento de su rigurosidad informativa). Son espacios en los que personajes públicos como Marhuenda o Pablo Iglesias son minas de oro; personajes que no están donde están solo por quiénes son o por qué pueden aportar al debate, sino por cómo son, por su carácter eminentemente polémico y morboso. ¿Cómo se explica, sino, el record de audiencia de Un Tiempo Nuevo con la entrevista al pequeño Nicolás? Es una combinación perfecta: ataques directos a las principales instituciones del Estado unidos a un tema de cotilleo demanual al cual no le faltan ni agentes secretos (el CNI estaría involucrado), ni corrupción, ni fiestas y despilfarro.

La política está en crisis, pero ¿qué política?

Aunque el show-tertulia de carácter político esté en auge, la palabra “política” en sí misma está en crisis debido a la sensación de encorsetamiento y tradicionalismo que el propio término transmite a una creciente parte de la población. Con esto no me refiero –aclaro– a los indignados, los cuales están altamente interesados en política, sino a los desafectos (no son los mismos), a los que no salen a manifestarse, sencillamente, porque o bien no les interesa, o bien no entienden la política y por tanto la rechazan. Para esta parte de la población la política ha pasado a ser en sí misma el enemigo. Paradójicamente se da un enfrentamiento entre política y ciudadanía. Evidentemente, no sólo la palabra es rechazada, sino también las actividades que más relacionan los ciudadanos con ésta: los parlamentos, las diputaciones, los estigmatizados partidos políticos y sindicatos, etc. Sobre todo entre la gente joven, la pertenencia a partidos políticos (o a cualquier otra organización de carácter tradicional) es un fenómeno bastante inusual. Además, el declive del asociacionismo es más que un hecho. Las ONGs se salvan de la quema, posiblemente, por el propio hecho de que no son (o pretenden no ser) parte del Estado, de la política, de “la casta”.

Partiendo de este punto, se ha teorizado sobre la nueva política, sobre las nuevas tendencias de participación con base principalmente en la nueva cultura de lo no convencional, lo postmaterial y de la incertidumbre. Estas nuevas tendencias se ligan a factores como: el relevo generacional de las voces en política (en la no institucional); el incremento de la variedad, dimensión y funcionalidades de los medios de comunicación en red; la movilización y creación de sinergias participativas; y el hartazgo fruto de las dificultades económicas y de la percepción de corrupción generalizada e institucionalizada unida con la percepción de la existencia de determinados privilegios políticos considerados caducos.No se sabe lo que esta nueva política quiere, sino lo que rechaza. Esto es: todo aquello que huela a tradicional. En definitiva, se observa una sensación generalizada de distanciamiento entre la política tradicional y la ciudadanía.

Los partidos políticos ya no convencen; ahora son los «movimientos» (por su carácter fluido, cambiante y poco “controlable”) los que atraen. Los sindicatos y las organizaciones civiles tampoco son un valor en auge; las mareas han tomado su sitio. Desde las estructuras políticas se demanda una creciente flexibilizad, horizontalidad, codecisión y participativdad, y esto es positivo. Sin embargo, ¿es positivo que la horizontalidad y la oposición a la vieja forma de hacer política sean el fin en sí mismo? Asambleísmo, vale, pero ¿ya está? ¿Asambleísmo como fin en sí mismo? ¿Dónde conduce? La nueva política ha manifestado con claridad cómo no quiere ser, pero ¿cómo quiere ser? Esto está por definir. ¿Lo positivo? Las crisis son momentos en los que lo que antes estaba claramente definido, puede pasar a desdibujarse y lo desdibujado tiene la oportunidad de adoptar nuevas formas.

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Este obra cuyo autor es Fernando Ntutumu Sanchis está bajo una licencia de Reconocimiento 4.0 Internacional de Creative Commons.

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