Brexit: ¿El fin de las ‘comunidades imaginadas’ en Europa?


Ilustración de Pep Montserrat en The Wall Street Journal

La lucha contra el desdibujamiento de las fronteras es una lucha contra el destino. “Those who forget geography can never defeat it”, decía Kaplan.

Robert resaltaba, con la firmeza de quien se sabe poseedor de un secreto a voces, que la historia de las naciones se guía por una marea que pule y remueve la arena de los espacios limítrofes. Siendo lo humano un embalse que se desborda cada cierto tiempo.

Una frontera es poder en tanto que guarda la soberanía de un constructo colectivo tan fuerte como una identidad nacional, pero a veces olvidamos que una frontera es también un baluarte de sí misma, un “poder por el poder”. Y en tanto que independiente, una frontera es estática, se da por sentada. Porque una frontera ‘es’, nunca ‘está’, si has nacido a su vera. El ser humano, y, en el caso que hoy nos atañe, los Europeos, somos cortoplacistas en nuestra visión, guardando como natural la imagen que capturamos la primera vez que abrimos los ojos al mundo.

Hoy se oyen ecos de la cortina de acero que caía sobre Europa, con el peso de la sentencia de Churchill, y que hoy cae sobre la Unión, con el peso de la voluntad expresa de un pueblo que también condena. Materializándose en algo. Provocándonos a todos la incertidumbre de quien reconoce una manecilla errática en su brújula.

Y es que las fronteras se construyen por oposición: La unión de unos cuantos, diferentes todos, contra el ‘otro’. Así se construía Europa, mucho antes que la Unión, como recalcaba Edward Said en “Orientalismo”: El Islam definió Europa culturalmente, mostrándole contra qué debía estar enfrentada.

Pero sucede que el sentimiento de pertenencia va más allá de las colectividades, se proyecta sobre lo material, sobre el suelo. Los espacios simbólicos de los que hablara Bordieu recaen también, como planchas, sobre la res pública, sobre los espacios ‘de nosotros’. Las fronteras son tan materiales como las narrativas que las sustentan.

Os cuento. Existe siempre un espacio de nadie, en el que las líneas fronterizas corren volubles e imaginarias tras los pies de los hombres y mujeres que lo cruzan a diario, portando las banderas íntimas de lo cotidiano, llevando dentro lo simbólico del suelo del otro lado. Es en las zonas limítrofes donde la realidad visceral de la mezcolanza entre cotidianidades reta a nuestras concepciones de la pertenencia. Una frontera puede establecer una división en un pueblo de la riviera y convertir un continuum en dos espacios simbólicos con particularidades domésticas. Me pregunto si no es la Unión Europea un estandarte de la magia de ese reto cognitivo, de saberse de uno y del otro, y saberse también de ambos. Quizá, para mí y para muchos, ese continuum Europeo sea una parte indispensable de mi decisión de ir a comprar el pan. De saber dónde estudiar. De casarme, o no. Es la Unión un horizonte visible de mi capacidad de actuar y expandirme.

Eulogia Merle, en El País

La construcción Europea, en tanto que sueño, permeó conciencias y generó entusiasmos – ese entusiasmo que permite hasta Kant-. Una Comunidad de destino con valores acérrimos autoimpuestos que genera una identidad común, pero sobretodo, y como comentaba hace unos párrafos, crea una fuerte ilusión de cotidianidad Europea.

Hoy, Europa, la cosa nostra, amenaza con romperse. Estas líneas no son más que un llamado a las armas: Las fronteras, como son, se van. El desasosiego del cambio, de romper con lo cotidiano, deviene siempre tardío, al igual que las consecuencias inesperadas de romper una relación. Hasta qué punto estaba Europa enraizada en la vida de los británicos será algo que se desvele con el tiempo, más allá del conundrum socioeconómico. Hasta qué punto legitima la salida de Reino Unido un sentimiento de naturalización en este romper con las fronteras colectivas, depende de nosotros, lo que queda de Europa. Y se espera para ello una respuesta institucional contundente, un castigo paternalista para el niño que se marcha de casa.

Hoy dejo de lado las dinámicas discursivas, las narrativas nacionales, el fantasma de la vieja Europa y los nacionalismos. Vengo a recordaros: Véndele a un niño que puede romper hormigón con una piruleta, e imaginará que puede. Que, como decía hace unos días Fernández-Armesto: He llegado a la conclusión de que el motor del cambio es la imaginación.

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