Elecciones que cuestionan la democracia


Previamente publicado en infoLibre.

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Si la crisis del PSOE en España provocó una dicotomía entre “lo malo” y “lo peor”, a lo que se enfrenta el mundo este martes 8 de noviembre no puede definirse de otra manera. En Estados Unidos se “cocina” el mismo tipo de dilema elevado a su máximo exponente. Pase lo que pase, a partir del 9 de noviembre de 2016, Winter is coming. Vista la polarización social en el país, ni la una ni el otro gozará de amplia aceptación social, por lo que los demócratas (entendidos como partidarios de la democracia) deberíamos prepararnos para una hipotética profundización del cuestionamiento de la legitimidad de la democracia como sistema. Creo que EEUU podría poner, con el resultado de estas elecciones, la primera pieza global de desconfianza en el sistema, y ya saben lo que dijo el célebre científico social Juan Linz sobre esto: la legitimidad de un sistema se basa en «la creencia de que las instituciones políticas existentes, a pesar de sus defectos y fallos, son mejores que otras que pudieran haber sido establecidas». La democracia no escapa a esta norma.

…deberíamos prepararnos para una hipotética profundización del cuestionamiento de la legitimidad de la democracia como sistema
Varios son los análisis que he leído en los últimos días referentes a cuál es la peor opción electoral (no la mejor; la peor). Sorprendentemente, desde el ámbito de la izquierda, cadenas de televisión como la rusa RT o intelectuales como el filósofo Slavoj Žižek atacan a Clinton pese a reconocer la polémica en torno al republicano; y en la derecha también se observan opiniones divergentes pese a que Trump no sea el favorito. En concreto, Žižek afirmó en una entrevista para Channel 4 que a él Donald Trump le horroriza, pero que “Hillary es el verdadero peligro”. Aquí hay debate. Hillary no es ninguna santa y lo ha demostrado en sus actividades al más alto nivel político, pero él… él no sólo es conservador (lo cual ya es negativo desde mi óptica) sino que además es un pirómano social, lo sabe y lo explota. Muchos tememos que alguien con su perfil esté al mando del ‘botón rojo’ de la Casa Blanca, pero lo que me preocupa especialmente y por lo cual redundo en el tema es: ¿qué pasará con la legitimidad del sistema cuando conozcamos los resultados? La democracia como sistema de gestión de la voluntad general podría estar frente a su crisis más fuerte desde el resurgir de su idea con el redescubrimiento de ‘los clásicos’ allá por el Renacimiento. Nos enfrentamos al cuestionamiento en profundidad del sistema.

Frente a las “microrroturas” antes mencionadas, estaríamos ante un desgarro del músculo del sistema, para lo cual deberíamos estar preparados

Cuestionar las reglas del juego es algo que hacemos a menudo. Habitualmente discutimos los resultados de las decisiones cuando éstas son contrarias a nuestro interés: desde la pugna vecinal por las derramas, a los cambios a nivel del Parlamento Europeo o Naciones Unidas, pasando por lo que se decide en ciudades, regiones y estados. Todo esto afecta a la legitimidad, pero da la sensación de que el cuestionamiento que se podría producir tras las elecciones adquiriría proporciones bíblicas. Frente a las “microrroturas” antes mencionadas, estaríamos ante un desgarro del músculo del sistema, para lo cual deberíamos estar preparados. Hay ejemplos recientes y notables como el de Suiza, que ponen en cuestión los fundamentos de la democracia y ponen en negrita su hipocresía. Pero EEUU no es Suiza; con las elecciones presidenciales de EEUU, la hipocresía trascendería –si el lector no admite que esto ya viene sucediendo desde hace tiempo– el plano nacional.

La ficción moral de la democracia es recurrente e innegable. Por ejemplo, recientemente escribía un artículo para los lectores del blog de infoLibre alrevésyalderechotitulado Guerras sucias, democracias hipócritas que trataba precisamente de eso. Pero este es sólo un ejemplo más; no el único ni el más visible. Guantánamo, la doctrina del Shock teorizada por Naomi Klein, las resultantes políticas de ‘austericidio’, las leyes contra la libertad de expresión (como la Ley Mordaza en España) o la existencia de Centros de Internamiento de Extranjeros son también ejemplos de hipocresía del sistema. Estos eventos cuestionan la aceptabilidad social del mismo pero, a diferencia de estos reductos de hipocresía, los resultados de la elección norteamericana tienen verdadera dimensión global con la consecuente conciencia global al respecto. En las calles de España este tema preocupa y el termómetro de El Objetivo dedicando un monográfico lo demuestra. Tema aparte es que el electorado estadounidense responda a este mismo grado de preocupación.

Gran parte de la legitimidad y validez de un sistema –en este caso del democrático-liberal– proviene de la aceptación generalizada de los resultados ofrecidos al aplicar los mecanismos legales de toma de decisiones. ¿Aceptarán los seguidores de Trump una victoria de Clinton? Él ya ha dicho que si pierde entenderá que las elecciones han sido amañadas. Más leña al fuego. Y esto me lleva al otro lado de la balanza. ¿Qué pasará si gana él? ¿Aceptarán los seguidores de Clinton los resultados? ¿Pasarán ellos también a cuestionar la aceptabilidad del sistema? Personalmente, no vislumbro la posibilidad de que tengan lugar revueltas sociales, esto es poco probable, pero sí la de un deterioro notable del apoyo al sistema. Habrá que estar atentos y calibrar la reacción post-8N, no sólo en el corto plazo, sino también en el medio y largo plazo.

Hoy en día los niveles de apoyo al sistema y las instituciones públicas en EEUU (y el resto de países occidentales) son relativamente altos, aunque con reservas. Dicho de otra manera, los porcentajes de personas que consideran la democracia un mal sistema son bajos, pero un creciente porcentaje de la población mundial y estadounidense empieza a desconfiar de que sea el mejor sistema posible: según la Encuesta Mundial de Valores, en el período 2010-2014 en torno al 17,1% de los encuestados consideraban que el sistema democrático era bastante malo o muy malo, mientras que en el período anterior (2005-2009) rondaba el 13,7%; asimismo, la importancia internacional y nacional de la democracia se ha visto mermada. ¿Variarán significativamente estos niveles de (des)confianza en el sistema tras el 8-N? Habrá que esperar a nuevos datos que permitan calibrar el efecto de esta significativa cita política y nos permitan saber si las de 2016 serán, o no, una de esas elecciones que cuestionan la democracia.

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