Líderes intolerantes como reflejo de la parte oculta de nuestras sociedades


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…hoy la intolerancia reina en casa y nadie nos la impone; es reflejo electoral de lo que ya había y nadie quería ver.

Que Donald J. Trump es representativo de un creciente grupo de líderes y ciudadanos que apuestan por romper el sistema tal y como lo conocemos es algo fácilmente constatable. De hecho, reconocidos líderes xenófobos como Marine Le Pen (Francia), Nigel Farage (Reino Unido), Viktor Orbán (Hungría), Geert Wilders (Holanda) y, desgraciadamente, muchos otros se han congratulado por la victoria del magnate. Concretamente, quienes más abiertamente lo han hecho han sido los representantes de la extrema derecha. Y esto no nos debería extrañar puesto que todos ellos son resultado de una misma dinámica de destape de sentimientos antiliberales que debería preocupar más allá incluso de que estén, o no, haciéndose con el poder. Los signos son estructurales; no hay nada de temporal en esto (quizá sí de generacional si seguimos dando acceso a educación superior a las nuevas generaciones de ciudadanos). Estábamos acostumbrados a que los dictadores contrarios a nuestros consensos morales de respeto de los Derechos Humanos sólo camparan a sus anchas por los pobres, subdesarrollados y bárbaros continentes africano, asiático, oceánico o subcontinente lationamericano. Por el contrario, hoy la intolerancia reina en casa y nadie nos la impone; es reflejo electoral de lo que ya había y nadie quería ver.

Todo esto me deja la amarga sensación de que, mientras algunos países no acaban de sumarse del todo a la ola de democratización tras las guerras mundiales, la caída del Muro de Berlín o la descolonización en África, otros estados parecen moverse voluntariamente desde valores de democracia liberal hacia lo que Rodríguez-Aguilera denominó recientemente, en relación con la Rusia de Putin, democracias nacionalistas no liberales. En este mismo sentido, el prestigioso profesor de Harvard Stephen M. Walt diagnosticó hace pocos meses, en Foreign Policy, lo que él ha denominado ‘El colapso del orden mundial liberal’. Al lector le parecerá un tanto exagerado, pero la realidad es que los síntomas no son nada despreciables y cada vez resulta más claro que el Brexit, la apatía de la UE ante actitudes fascistoides en Hungría, por ejemplo, o la victoria de Trump podrían haber acabado por fulminar la ‘espiral del silencio’ (Noelle-Neumann) que acallaba a los antiliberales, suponiendo, así, un trampolín para los que sueñan con democracias intolerantes con la diferencia. Hoy, amplias capas de la población han dejado de temer mostrar su preferencia por un modelo basado en la “sociedad del menosprecio” (Axel Honneth). Sólo hay que leer las informaciones referentes a los picos de odio tras el Brexit o tras la victoria de Trump. Los titulares son idénticos porque el fenómeno social responde a una misma raíz: el fin del silencio; la noche de los silencios rotos. Había más intolerancia tapada de la que nos atrevíamos a admitir. ¡Son sólo unos pocos!– decían. Hoy decantan elecciones y la deriva de Occidente.

Si no les respetamos, si les negamos su humanidad allí en sus propios países y a través de la explotación, ¿qué nos lleva a respetarles cuando están aquí en el nuestro?

Si este grupo de líderes gana adeptos, no parece deberse sólo a un momento de descontento, sino más bien a propuestas diferentes hasta ahora impopulares, acomodadas a demandas diferentes que se mantenían en silencio. No proclaman ‘democracia real ya’, mayor representatividad, voz en las instituciones, etc. (como sí hace la izquierda tachada de populista) y las propuestas no son proactivas, sino reactivas (muros, expulsiones, restricción de acceso, discriminación, primacía…). Priman el bienestar de sus compatriotas por encima del de las personas en general; se prima, por tanto, el chovinismo del bienestar (J. Habermas). Si para tener mejores empleos y bienestar para los compatriotas (nacionales) han de obviarse (y a futuro cambiarse) los consensos implícitos y legales de respeto e igualdad entre hombres y mujeres, así como de diálogo cultural y racial, se obvian. Eso no es problema. Total, la deslocalización de empresas viene haciéndolo desde hace tiempo con esas mismas personas que hoy –pensarán– asaltan Occidente. Si no les respetamos, si les negamos su humanidad allí en sus propios países y a través de la explotación, ¿qué nos lleva a respetarles cuando están aquí en el nuestro? La lógica es incuestionable.

…si cualquiera de estos líderes, tras ganas las elecciones, empezara a echar personas indocumentadas, musulmanes o cualquier representante de algún tipo de diversidad no estaría incumpliendo su programa, sino más bien lo contrario

Frente a las llamadas de atención ante la renqueante transición a la democracia liberal en algunos países (como Turquía o Rusia) o el retroceso producido por intervenciones de un sector social (como el ejército en Egipto), mi tesis es que, en los casos a los que aludo, no se podría hablar tanto de un viraje por parte de las élites hacia formas de gobierno menos democráticas, sino de algo cualitativamente distinto: sino una reafirmación de una minoría electoral movilizada que ya pensaba así y que ahora se atreve a manifestarlo. Quienes hemos vivido los micro-racismos, por ejemplo, sabemos cuál es la respuesta que debemos darle a quienes afirman aquello de “aquí no hay racismo”: “eso es falso”. Hoy la deriva global nos da la razón. ¿O es que España es excepcional en esto? Lo dudo. Hoy esto está más claro que nunca: por primera vez desde los consensos alcanzados el siglo pasado, los valores a primar por parte de los representantes electos y en cumplimiento de sus programas, no son los contenidos en las cartas y textos de derechos universales sino otros bien distintos que tienen que ver con la particularidad nacional, con concepciones de ciudadanía que considerábamos caducas y, en definitiva, con formas de entender ‘el mejor sistema de gobierno’ sustancialmente diferentes a la liberal-democrática. En definitiva, la diferencia sustancial es que si cualquiera de estos líderes, tras ganas las elecciones, empezara a echar personas indocumentadas, musulmanes o cualquier representante de algún tipo de diversidad no estaría incumpliendo su programa, sino más bien lo contrario. Y en este contexto, nuestra tarea de ciudadanía deberá ser de pedagogía y lucha argumentativa frente a un sector amplio pero silencioso que cree que la intolerancia debe imponerse como la norma. Por favor, no dejemos que se repitan las derivas del pasado; lo estábamos haciendo relativamente bien.

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